Risotto

Sentados frente a frente, Dumila sabe que Carlos ha preparado este momento con antelación, que pronto llegará la sorpresa. Él se demora, se toma su tiempo, actúa natural. Lo de siempre: la misma mesa, entre las plantas al fondo de la puerta principal.

La mesera les sonríe. Es cómplice de lo que va a suceder y de toda su historia: el día en que ella
salió llorando por una discusión minúscula; la ocasión en que se reconciliaron; las mil y una veces en que ella pagó, mientras él, con la excusa de que iba al baño o poniéndose de pie a tocarse los bolsillos —que parecían multiplicarse—, decía sin asomo de rubor que su billetera se había quedado; y esas otras tantas en las que Dumila ni siquiera necesitó mirar la carta antes de pedir.
—¿Unos arancini de mozzarella y un carpaccio de lomo?
—Sí, para iniciar —dicen al tiempo.
—¿Con clericot?
—Sí —dice él.
Dumila, en cambio, no lo acompaña:
—Dame un Vin Brulé.
La pareja disfruta despacio. Se untan los dedos y se los llevan a la boca mientras ríen, como habitualmente lo hacen. Él disimula los nervios. Repasa en su cabeza cada detalle del plan: el anillo, lo que hará después del sí, las palabras con las que quiere engalanarla.
El plan es sencillo: después del sí, el plato fuerte.
Al finalizar la entrada, la mesera contiene su emoción. Lleva una bandeja de plata y, en el centro, un cofre aterciopelado de tonos dorados y azules. Detrás va otra mesera, quien graba más por chismosear en primer plano que por registrar el destino histórico de la pareja.
El cofre llega a la mesa. Carlos lo toma y Dumila sonríe. A ella le gusta lo que ve. Lo mira a los ojos. Él titubea unas palabras preparadas:
—Este momento es muy importante para mi vida. Quisiera —como salido de un guion— que fueras mi esposa, para toda la vida.
Dumila lo mira aún con mayor profundidad y responde:
—¿Te puedo pedir algo antes?
Carlos, atragantándose con saliva, le dice que por supuesto.
—Te diré que sí si pides un plato, un manjar tan delicioso y perfecto que pudiera comer todos los días.
Él, que no sabe cómo actuar, mira la cámara. La mesera no deja de grabar y contiene la risita. No quiere estropear ese destino maravilloso.
Le llega la carta. Carlos la recibe y mira a la mesera con el rostro pálido. La recorre de arriba abajo.
El risotto está ahí, donde siempre ha estado.
Él no lo sabe ni sabrá.
Dumila, resplandeciente, sonríe.
Después de varias horas, las luces se han apagado, la música se ha ido y él tiene una mesa llena de platos que Dumila apenas probó.
—Pero la carta aún no acaba.
—Pero ya cerramos —dice la mesera—. Esta es la cuenta.
Dumila, sin hambre, desde la puerta, lo mira y dice:
—Adiós, Carlos.





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