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Entre Minestrone y Panna cotta

Foto del escritor: Amira Durás
Amira Durás
14 oct
4 min de lectura

Actualizado: hace 32 minutos

El Circo Beat de IL NONNO · Microficción #03


Entra a IL NONNO sola. Se sienta. Mira la carta sin pronunciar palabra. No deja de pensar en la oficina. Su jefe se enfrentó a ella por su entrega incompleta. Los pormenores son innecesarios. Está triste. Desde siempre ha aprendido que el error es punible, un gesto de imperfección que debe entristecerla, porque es ella quien lo ha provocado. La tristeza es consecuencia de su incapacidad, se dice.

Pide sin hablar. Su plato llega. La mesera le sonríe. No la nota. Todo se le viene encima a la vez: la mañana, el afán, no se despidió de Sergio —¿se despidió?—, el corre corre de la mañana, el ruido de la calle, el silencio de la ruta; su novio, una semana sin verse, un audio, «¿Nos vemos?», cariño que ella solo lee como reclamo; su madre, «Tu papá está enfermo, nada grave» —¿voy, no voy?—; su jefe, que no ha parado de escribir desde la reunión; sus compañeros, «Al fin qué. Qué pasó».

Mesa con lámpara encendida y flores rojas en IL NONNO Trattoria de Barrio, Bogotá: una mesa para almorzar sola, en silencio, con el día encima.
Llegó huyendo y se encontró consigo misma.

Es el tiempo de almuerzo y se lo va a tomar.

Mira su entrada. Pudieron traerle hasta piedra, no recuerda qué pidió.

Un olor fresco la aborda. Una fiesta de colores: los zucchinis amarillos y verdes, el rojo intenso de los frijoles y la pasta en espiral la enredan. Primer bocado. Se consiente el paladar.

No recordaba ni siquiera que tenía hambre: llegó huyendo y se encontró consigo misma. Una tras otra cucharada devora y, antes de que termine, le llegan una Insalata Dolce & Salato y un Penne Puttanesca.

Levanta su rostro y se encuentra con la sonrisa de la mesera: le corresponde.

Muerde el prosciutto crujiente y siente en su masticar los dulces toques de miel. Percibe así un poco de todo: con ese toque entre dulce y salado, con un equilibrio que solo es posible en el masticar.

Platos de cocina italiana servidos sobre una mesa de madera en IL NONNO, vistos desde arriba: el almuerzo que empieza a ordenar el día.
La vida hay que masticarla para saborearla.

Se lleva un gran bocado de su Puttanesca a la boca y siente lo amargo, lo picante, lo dulce a la vez, en una armonía que la deleita. Mira su celular y ve el número de notificaciones. Toma un sorbo de su limonada de mango biche. Hace chasquear hacia adentro su sabor, con un sonidito parecido al de un aplauso.

Toma con las manos el celular y le escribe a su novio: «Amor, ¿te parece si vamos el sábado a visitar a mis papás? Vamos con Sergio, tú y yo, y luego vamos al cine».

Continúa llevando bocados alternados de Penne y ensalada. Entre bocados deja que sus pensamientos se ordenen, que encuentren su lugar. No ha pronunciado una sola palabra. Sus pensamientos se aquietan y siente, desde su paladar, que la vida hay que masticarla para saborearla.

Mira nuevamente los mensajes, abre los de su jefe. Los lee rápido porque no le dicen más de lo que ya le habían dicho. Repasa cada detalle, vuelve a ellos. No hay error; y si lo hay, siente que no es punible.

Sigue comiendo. La Puttanesca sigue fresca, ligera pero intensa. Lo amargo de las aceitunas, el picante de los pimentones y el dulzor del tomate la interpelan: toda una mezcla que convive.

Trata de escribirle a su jefe. Borra varias veces aquello que le escribe. Le ha dicho que se vaya pal carajo, que renuncia; que es un mal líder, un líder de pacotilla; que su boca huele a caño; mejor, que se meta un caño por… Borra, todo lo borra, sonríe con este universo de posibilidades.

Abre el chat con su madre y le dice que el sábado los visita, que se cuiden mucho y que llegan temprano. Le agrega que va con Sergio y su novio. Su mamá le responde que ya era hora. Ella sonríe.

La mesera trae la carta de postres, pide permiso y se la deja a un lado de la limonada.

Ella mira y sonríe también. Deja el celular y mira la carta. Se antoja. Mira el reloj y aún alcanza. Si no, se lleva el postre para un café a las cinco.

Levanta la mano y se acerca la mesera.

—Dame una Panna Cotta de Limón.

—Con gusto.

Se limpia la boca. Ha terminado y se prepara para su postre. Piensa en Sergio: cuando llegue a la casa hablará con él. Hoy llegan casi al tiempo. Podría llevarlo a que jueguen algo, o al cine, o simplemente sentarse a hablar con él hasta que los coja el sueño. Quiere abrazarlo.

Plato vacío sobre una mesa de madera de IL NONNO, junto a flores blancas: ha terminado y se prepara para el postre.
Solo un acto dulce le permite ocultar el amargo del día.

Llega una torre de crema de limón, bañada con una crema roja que se desliza y sigue cayendo alrededor de la panna cotta. Lo dulce le recubre el paladar solo con olerlo. Lo prueba.

El rojo de los frutos la sobrecoge: solo un acto dulce le permite ocultar el amargo del día.

Abre su chat con el jefe y le escribe:

«La entrega es para hoy. Hoy no se ha acabado. Hablamos a las cinco».



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