Una Istoria de Amor

El Circo Beat de IL NONNO · Microficción #04
Me encontraba sentada esperando un café, debajo del letrero “La vida es una combinación de pasta y magia” de Fellini. Y, como una extra en una escena de amor cinematográfica, los vi entrar. Ella, de 21 años, tal vez, con un vestidito amarillo que la iluminaba en contraste con su piel trigueña. Caminaba con delicadeza, como en un performance meticuloso, milimétrico: levitaba. Él, no más de dos años mayor, espigado y muy perfumado, se veía impecable, como estrenando pinta. Ambos, con su celular en la mano. Rosa los saludó y les indicó en qué lugares podían ubicarse. Eligieron el jardín. Ella, un poco inquieta, le preguntó si podía cargarle el celular. Rosa lo tomó, lo llevó a la barra y lo puso a cargar.

Los observé de vez en cuando; habría podido mirarlos todo el tiempo y no se habrían dado cuenta de que alguien los miraba: su universo eran ellos dos, solo ese instante. Lo vi todo: al final se miraron, se dieron un beso y se abrazaron. Terminaron sonrientes su cena y luego se fueron. Rosa encontró una servilleta al recoger la mesa y me la entregó. En ella, con una letra redonda y otra ligera y descomplicada, leo dos mensajes que hoy me tienen escribiendo sobre estos enamorados.
Voy a tratar de recrear esta historia de amor.
Luna entra al restaurante, con un vestido amarillo y una flor en el cabello. Juan, detrás, la sigue con su mano sobre la cintura. Ella está nerviosa, sabe que hoy deberá subvertir años de historia romántica: es ella quien se le declarará a él, quien dirá las palabras para un sí. Lo ha pensado, aprovechará la mejor oportunidad para dejarle una nota en una servilleta, como en las películas. Pero no calculó el tiempo de la batería, u olvidó, cargar el celular. Durante el día, chateando con sus amigos sobre este momento, se le descargó. Al llegar, Luna le pidió a la mesera que por favor lo cargara.
Ella dependía del corrector ortográfico en todas sus conversaciones: siempre activo, a veces, incluso, le modificaba cosas que no buscaba. Lo importante era que su ortografía estuviera impecable. Su madre le decía que escribir con errores es como hablar con mal aliento. Sin embargo, le dejaba esa tarea al corrector, al algoritmo que a veces predecía con suma precisión lo que ella iba a decir.
Juan se siente tranquilo, aunque Luna le mueve el piso: nervioso, pero tranquilo. No se anticipa ni imagina nada de lo que puede pasar: solamente tiene hambre. Piden unas Patatas Bravas de entrada y, para compartir, una Pizza Margherita y una Parma. Todo un lenguaje de amor: el rojo intenso del tomate, el verde de la rúgula y la albahaca, el queso mozzarella y las láminas de parmesano.

Comen disfrutando de cada bocado, como de su compañía. Se miran con toda atención, con profunda complicidad. Los hilos del queso se estiran y ríen, por parecer la dama y el vagabundo. Beben Stella Artois y el tiempo transcurre sin prisa. Mientras, Luna se debate entre pedir el celular o no. Al final, lo están pasando tan bien que prefiere no hacerlo. Escribirá esa nota ella misma, cuando él vaya al baño.

En efecto, Juan va al baño. Ella saca el esfero de su bolso diminuto y le escribe.
Luna dobla la servilleta y la deja al lado de su cerveza; coloca el esfero junto a su plato. Juan llega con una sonrisa enorme.
—¿Sabías que la música suena más duro en el baño que en todo IL NONNO? —le dice.
Ella, nerviosa, un poco más que antes, le dice que lo va a comprobar de inmediato y se levanta. En ese momento quedan juntos, muy cerca. Se miran y reaccionan en silencio. Luna sale para el baño; Juan se sienta.
Él toma otra porción de pizza y se mete la mitad a la boca. Se le nota ese gusto por los bocados grandes, sin vergüenza, que se restringe en presencia de Luna. No quiere parecer burdo, un bárbaro. Mastica y antes de terminar se lleva un sorbo de cerveza.
Toma la servilleta y alcanza a acercarla a la boca. Percibe el perfume de Luna y ve, por el revés, las letras traslúcidas. Al principio cree que es una servilleta manchada de salsa. La abre y lee la nota.
Agarra el esfero que ella dejó junto al plato y, debajo de las líneas de Luna escribe su respuesta. Dobla la servilleta, la deja donde estaba y vuelve a la pizza, como si nada.
Luna escucha «Te vi, te vi, te vi, Yo no buscaba nadie y te vi» mientras se lava las manos. Se organiza y piensa en la reacción de Juan; su corazón late intensamente.
«Todo lo que diga está de más…»
¿Le habrá quedado bien escrito? ¿Él la habrá leído? Y si hay un error, ¿sentirá que su aliento le huele mal? ¿Él le habrá escrito algo?
Sale y casi que en cámara lenta se sienta. Ve la servilleta al lado de su cerveza, junto al esfero, donde la dejó. Él la mira, ella lo observa y mira la servilleta. Solo cuando Juan baja la mirada, ella la abre. La lee. Debajo de su letra redonda hay otra, ligera y descomplicada.
Después de unos segundos y una fuerte respiración, Luna levanta la cabeza, coincide con la mirada de Juan, se acercan y se dan un beso.
Cambian de lugar: ya no de frente, sino uno al lado del otro. Se besan como estrenando labios, como comiendo pizza sin vergüenza. Terminan de comer, se vuelven a besar, se abrazan, piden el celular de Luna, ahora al 100% de carga, y se van.
FIN
Posdata. No puedo despedirme sin dejarles la fotografía de la servilleta.

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