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ARTBO 2026: cuando IL NONNO apareció donde no lo estábamos buscando

Una noche de arte, memoria de cocina y un encuentro inesperado en el barrio Minuto de Dios.

Por John Mazutier
Fundador de IL NONNO Trattoria de Barrio

El 24 de septiembre de 2026 estuve con Emma en la inauguración de ARTBO. Llegamos sobre las 5:30 p.m. y salimos cerca de las 7:30 p.m., después de recorrer varios pisos, detenernos frente a obras que nos llamaron la atención y dejarnos sorprender por esos encuentros que uno no planea.

Esa mañana, antes de ir, recordé mi primera vez en ARTBO. No fue como visitante. Fue trabajando.

En 2014, recién comenzaba mi etapa en Andrés Carne de Res, cuando Andrés Jaramillo me pidió que me hiciera cargo de la cocina que representaba la oferta gastronómica de Andrés durante la feria. En el arranque había otras personas responsables, pero él no estaba satisfecho con el nivel gastronómico ni con el servicio que se estaba ofreciendo.

Andrés quería que la experiencia estuviera a la altura de lo que un cliente podía encontrar en Chía. Esa exigencia fue clara. Había que subir el nivel.

Así que llegué a ARTBO por primera vez desde la cocina: con afán, con responsabilidad y con esa presión silenciosa que aparece cuando uno entiende que no está montando un punto de comida cualquiera, sino llevando una marca, una forma de atender y una manera de hacer sentir a la gente.

Letras gigantes de ARTBO en la entrada de Ágora Bogotá durante la feria de arte ARTBO 2026

Entrada de ARTBO 2026 en Ágora Bogotá. Foto: Blanca Londoño (@blancelondo1)

Una cocina montada para estar a la altura

Esa experiencia me marcó más de lo que entendí en ese momento.

Trabajar en una feria como ARTBO es muy distinto a trabajar dentro de un restaurante. El espacio cambia, los tiempos cambian, el flujo de personas cambia y el margen de error se vuelve más pequeño. Pero la expectativa del cliente no baja. Al contrario: quien se acerca a comer espera encontrar una experiencia completa, aunque la cocina esté montada lejos de su casa natural.

Ahí entendí algo que todavía me acompaña: una propuesta gastronómica no puede depender solo del lugar donde ocurre. Si hay oficio, debe viajar. Si hay hospitalidad, debe sentirse incluso en medio del ruido, los pasillos, los stands y las carreras de una feria.

Aquella primera ARTBO me enseñó que la cocina también tiene que saber adaptarse sin perder identidad.

Y aunque estaba trabajando, la feria también me regaló momentos para recorrerla. Recuerdo especialmente una exposición de Los Carpinteros, esos artistas cubanos capaces de convertir objetos cotidianos en obras que se quedan dando vueltas en la cabeza mucho después de verlas.

Fue mi primera ARTBO. Entré por la puerta de servicio, pero salí con imágenes guardadas en la memoria.

Zona gastronómica de ARTBO 2014 con mesas, sillas rojas y luces de colores, llena de visitantes y con un mesero atendiendo

Mi primera ARTBO, en 2014, trabajando desde la cocina. Foto: John Mazutier

Lo que una feria deja en la memoria

Muchos años después volví, esta vez con Emma. Y volver con ella cambió completamente la experiencia.

ARTBO 2026 llegó a su edición 22 en Ágora Bogotá, distribuida en cinco pisos. No es poca cosa caminarla: una ciudad también se mide por los espacios donde permite que el arte se encuentre con la gente.

Una de las cosas que más disfrutamos fue el trabajo de Arte Dos Gráfico. Ver sus máquinas, sus procesos de impresión, su relación con la litografía, el grabado y la serigrafía fue una lección de oficio. En ARTBO 2026 celebraban 50 años, y lo hacían mostrando no solo obras terminadas, sino también parte del proceso, de las herramientas y de las manos que hacen posible la imagen impresa.

Eso me conectó de inmediato con la cocina.

Porque la cocina también es oficio. También depende de máquinas, herramientas, manos, repetición, paciencia y técnica. Un plato, como una impresión, no aparece por arte de magia. Hay una preparación detrás. Hay prueba, error, memoria y una forma de hacer las cosas que se aprende con el cuerpo.

Emma miraba las máquinas con curiosidad. Yo las miraba pensando en cocina.

A veces uno cree que fue a ver arte y termina viendo reflejado su propio trabajo.

Escultura de camisas blancas apiladas e iluminadas desde adentro en una sala oscura de ARTBO 2026

Una de las obras que nos detuvieron en el recorrido por ARTBO 2026. Foto: John Mazutier

El Minuto de Dios apareció en ARTBO

En medio del recorrido nos encontramos con un stand de Museos Minuto de Dios.

Eso ya nos tocaba de cerca. IL NONNO está en el barrio Minuto de Dios, al lado de una historia cultural, social y espiritual enorme, pero uno a veces convive con ciertos lugares sin dimensionarlos del todo.

Allí nos hablaron de otros museos de la red. Nosotros conocíamos el Museo de Arte Contemporáneo, pero salimos antojados de visitar el Museo de Arqueología e Historia Natural de Pasca, fundado en 1973 y con una colección arqueológica de aproximadamente 2.600 piezas. También nos hablaron del Museo de Arte Oriental Germán Puyana García, que Laura, la persona que nos atendió, llamó con cariño "el bebé".

Pero la conversación tomó otro camino cuando Laura notó que yo llevaba en el saco un pin, una cruz parecida a la del Minuto de Dios.

No se aguantó la curiosidad y preguntó.

Le conté que había sido un regalo que recibí con mucha emoción del padre Fidel Oñoro, miembro de la comunidad y cliente muy querido por todo IL NONNO.

Eso abrió otra pregunta:

—¿Y por qué conocen al padre Fidel?

Le respondí:

—Porque él es cliente de IL NONNO.

Laura nos miró sorprendida.

—¿Cómo así? ¿Ustedes trabajan en IL NONNO?

Emma y yo respondimos casi al tiempo:

—Sí, somos los dueños.

Entonces pasó algo que no esperábamos.

Laura sonrió y dijo algo así como:

—¡Ah! ¿Cómo así? Yo amo IL NONNO. Siempre vamos. Nos encanta. Llevamos a nuestros invitados internacionales y celebramos fechas especiales allá.

Hay reconocimientos que uno no va a buscar. Aparecen así: en una conversación, en una feria, en una persona que habla sin libreto.

Ese momento fue profundamente emocionante. No porque fuera una reseña publicada, ni una calificación, ni un premio, sino porque era una confirmación espontánea de que IL NONNO vive también en la memoria de otros.

IL NONNO donde no lo estábamos buscando

"Nada desaparece", obra exhibida en ARTBO 2026. Foto: Blanca Londoño (@blancelondo1)

Seguimos recorriendo la feria.
En el último piso, al pasar por el stand de la Galería La Cometa, nos encontramos con Andrés Jaramillo. Lo saludamos. Se sorprendió de ver lo grande que está Emma, preguntó por Lina y le mandó saludos.
Fue inevitable cerrar el círculo mentalmente.
En 2014 llegué a ARTBO trabajando para que una cocina estuviera a la altura de una feria. En 2026 volví con mi hija, como visitante, y en medio del arte apareció IL NONNO: en una conversación con Laura, en el recuerdo del padre Fidel, en el saludo de Andrés, en la certeza de que lo que hemos construido en el barrio también viaja con las personas que nos visitan.
Al final comimos sushi y un bowl coreano de Osaki. Los disfrutamos. Y mientras salíamos de Ágora pensé que esa noche había sido mucho más que una visita a una feria.
ARTBO nos mostró obras, máquinas, galerías, museos y conversaciones. Pero también nos recordó algo sencillo: un restaurante no vive solo dentro de sus paredes.
Vive en quienes lo recomiendan, en quienes llevan invitados, en quienes celebran fechas especiales, en quienes lo reconocen sin que uno lo pida.
A veces uno sale a buscar arte y termina encontrando una parte de su propia historia.
Ese día, IL NONNO apareció donde no lo estábamos buscando.
Y quizá por eso fue tan bonito encontrarlo.
Por John Mazutier — Co-fundador de IL NONNO Trattoria de Barrio y cocinero profesional formado en el Colegio de Cocineros Gato Dumas de Buenos Aires.

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Obra en neón con la frase "Nada desaparece" sobre un muro blanco en ARTBO 2026
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